La búsqueda de
conocimiento puede resultar infructuosa. No obstante, tiene sus pequeñas
recompensas. Estas recompensas nunca se materializarán en forma de auténticas
respuestas. Pero si lo harán en forma de vías alternativas para plantear las
dudas existentes.
¿Merece la pena absorber
información sin saber que puertas se van a abrir y cuales se van a cerrar? ¿Es
lícito plantear el conocimiento personal como un conjunto de elementos
clandestinos o intransferibles? ¿Somos conscientes de lo aislados que
estaríamos si mantuviéramos nuestras parcelas de conocimiento relativamente
intactas, si no socializáramos nuestro conocimiento?
Desde un punto de vista
aproximadamente metalingüístico, las tendencias y las modas se podrían
considerar un fenómeno comunicativo, un aspecto indisociable de la interacción
que mantienen las personas que viven en poblaciones (supuestamente)
desarrolladas. Así pues, vamos a la deriva, arrastrados por las corrientes de
un enjuague mental de gran espesura. Las personas no nos comunicamos según lo
que somos, expresamos lo que somos mediante tópicos aprendidos. Ya no deseamos
por nosotros mismos, anhelamos materializar nuestros referentes culturales más
cercanos. Aun así, continuamos siendo y deseando por nosotros mismos, es una de
las grandes contradicciones del ser humano postmoderno. No es que hayamos
perdido la voluntad, es que no tenemos demasiada personalidad.
Ante tal escenario, ¿Es
lógica la búsqueda del conocimiento? ¿O se puede acabar transformando en otro
de los vicios mentales fomentados por la sociedad de consumo?
Dudo de la respuesta
definitiva. Tan siquiera la negación del conocimiento se erige durante
demasiado tiempo como una solución válida, por lo menos no para quienes se
sienten irrevocablemente atraídos por el placer del saber.
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