La actitud bohemia no busca
satisfacer las ansias del intelectualismo más barato, no es una pose de
cartón. Quién se autodenomina como bohemio/a, no es tal, sino un cretino/a. Los
postmodernos son presas fáciles de la bohemia artificial.
Edvard Munch, dirigida por
Peter Watkins en los años 70. En esta película podemos observar una reconstrucción
histórica sobre la bohemia que se extendió por Europa a finales del siglo XIX.
También hay indicios del pensamiento bohemio en “The Iceman Cometh”, una obra
de Eugene O’Neill que fue adaptada al cine por John Frankenheimer. O en la
clásica Moulin Roge, de John Huston.
Algunos referentes
nacionales de la mentalidad bohemia son Max Estrella y su fiel acompañante, Don
Latino, personajes creados por Valle-Inclán. O El Sexto sentido, una película
muda de finales de los años 20. Su protagonista busca el sentido de la vida y
de la felicidad a través de los consejos de un personaje llamado Kamus, que es presentado
de la siguiente manera:
“El atrabiliario Kamus,
mezcla de artista, borracho y filósofo, cree haber descubierto en el
cinematógrafo un sexto sentido”
La pasión ha de regir
alguna o algunas de las facetas de la vida de la persona bohemia. Puede ser una
pasión desbocada, esperpéntica, condenada al fracaso perpetuo. El bohemio también
puede ser un farsante, un especulador emocional que no sabe cómo canalizar su
insatisfacción vital, un artista del engaño. O alguien que desea con locura
elevar sus ideales hasta la máxima consecuencia. Ser bohemio no es una
característica innata, es una actitud fomentada por el entorno sociocultural. Existen
bohemios/as involuntarios/as, personas que no saben que llevan una vida bohemia
hasta que se dan cuenta de que encajan con la definición.
En cualquier caso, es una etiqueta que necesita una revisión
constante, pues como sucede con tantos otros conceptos contemporáneos, su significado se ha frivolizado hasta la saciedad.
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